
Me he desquiciado, no tengo dinero para el alquiler, ni para el auto, perdí mis palabras de siempre, así como el amor. No sé más quién soy, y sin embargo, me encuentro en medio de todo, como siempre. El torbellino que se ha creado alrededor mío es del tamaño de una ballena, pero una muy grande, como de 8 kilos. Y pensar que la semana pasada las cosas iban tan bien...
Todo empezó una tarde de domingo en la alameda, Mary y Lucy me llevaron por un helado, se veían divinas con sus vestidos de playa y sus sombreros de paja, gasté una fortuna en vestirlas, gasté dos fortunas en perfumarlas, pero valió la pena, la estábamos pasando bien, hasta que llegó el maldito Harry, se empeña en hacerme ver ridículo, en que pierda la compostura, su seguridad está basada en hacerme perder la mía. Debo reconocer que a veces lo logra.
No quiero entrar en detalles, no es que esté escribiendo una confesión para la policía, así que omitiré los detalles del homicidio, si es que puede considerarse un homicidio embarrarle un pastel de crema a un payaso, ¡se supone que es algo que hacen todos los días!
El caso es que Mary, Lucy, y encima Patty dejaron de hablarme, no sólo eso, se comieron mi pato a la naranja, con mis tortillas de harina. Y no es que no sea compartido, pero las tortillas de harina son sagradas.
Cuatro años más tarde Mary regresó a casa, con su vestido de playa y un sombrero distinto, una cinta atada a la cintura, qué adecuado. Traía un canasto y toda clase de frutas secas y demás golosinas que odio, pero debió haberlo olvidado, porque, según ella, su única intención era complacerme. Su sonrisa llenaba mi casa, mis chistes de caca la hacían feliz, sus tontos juegos de palabras me hicieron estallar en llanto y carcajadas un par de veces; el hogar más triste del mundo se había convertido de pronto en un huracán de emociones, sus ojos me penetraban con cada mirada y tenía que sacudir la cabeza para poder concentrarme.
Confesó que tenía planes para nosotros, nosotros resultó ser un montón de gente que ahora vende enciclopedias puerta a puerta, yo nunca estuve de acuerdo, Mary me odia, entonces, para encontentarla, procuro comprar todos los libros que vienen a ofrecer sus vendedores, incluso las enciclopedias para niños, que a veces, muy de vez en cuando, encuentro deliciosas.
Todo empezó una tarde de domingo en la alameda, Mary y Lucy me llevaron por un helado, se veían divinas con sus vestidos de playa y sus sombreros de paja, gasté una fortuna en vestirlas, gasté dos fortunas en perfumarlas, pero valió la pena, la estábamos pasando bien, hasta que llegó el maldito Harry, se empeña en hacerme ver ridículo, en que pierda la compostura, su seguridad está basada en hacerme perder la mía. Debo reconocer que a veces lo logra.
No quiero entrar en detalles, no es que esté escribiendo una confesión para la policía, así que omitiré los detalles del homicidio, si es que puede considerarse un homicidio embarrarle un pastel de crema a un payaso, ¡se supone que es algo que hacen todos los días!
El caso es que Mary, Lucy, y encima Patty dejaron de hablarme, no sólo eso, se comieron mi pato a la naranja, con mis tortillas de harina. Y no es que no sea compartido, pero las tortillas de harina son sagradas.
Cuatro años más tarde Mary regresó a casa, con su vestido de playa y un sombrero distinto, una cinta atada a la cintura, qué adecuado. Traía un canasto y toda clase de frutas secas y demás golosinas que odio, pero debió haberlo olvidado, porque, según ella, su única intención era complacerme. Su sonrisa llenaba mi casa, mis chistes de caca la hacían feliz, sus tontos juegos de palabras me hicieron estallar en llanto y carcajadas un par de veces; el hogar más triste del mundo se había convertido de pronto en un huracán de emociones, sus ojos me penetraban con cada mirada y tenía que sacudir la cabeza para poder concentrarme.
Confesó que tenía planes para nosotros, nosotros resultó ser un montón de gente que ahora vende enciclopedias puerta a puerta, yo nunca estuve de acuerdo, Mary me odia, entonces, para encontentarla, procuro comprar todos los libros que vienen a ofrecer sus vendedores, incluso las enciclopedias para niños, que a veces, muy de vez en cuando, encuentro deliciosas.






