miércoles, octubre 05, 2011

el futuro es gay

Les estaba contando a mis alumnos una gran anécdota de mi pasado vergonzoso; el maestro de biología de primero o segundo de secundaria, flaco, alto, barbón, quizá algunos lo recuerden; Astorga, el único del que no recuerdo apodo alguno. Imponente, ahora lo adivino más bien tímido y macho, golpeador de mujeres, quizá no, me caía muy bien, alguna vez volví a verlo.

Les decía que diario teníamos exámenes, yo no tenía tiempo de estudiar, mis tardes se iban en dos cosas: las maquinitas de dos a 6 y la migraña de 5 en adelante. Si tenía suerte llegaba a mi casa con un dolorcito leve y se me pasaba con el sueño, por si las dudas o porque no me quedaba de otra, siempre, llegando de las maquinitas o de la escuela, como a mí me gustaba llamarles, me dormía. Jamás hice tarea en la secundaria, sólo alguna vez los lunes, que nos reuníamos con Campanita y Landaverde a hacer las prácticas de biología, no recuerdo haber participado activamente en ninguna, siempre preferí platicar.

A pesar de ser pésimo en comportamiento, la libraba bastante bien, aquí la historia tomaba importancia en mi clase de arte, porque les explicaba a mis alumnos el sentido de mi vida, pero no viene al caso que se los cuente a ustedes, que bien saben que ninguna vida tiene sentido alguno y la que menos dirección lleva es la mía.


Astorga interrumpió la clase, de algas, meiosis o alguna de esas babosadas, gritando:
—¡Qué está haciendo señor?

El anónimo que no recuerdo, se puso colorado y de inmediato blanco, no supo qué contestar. Se estaba amarrando una agujeta. Astorga lo mandó a investigar el museo del zapato y le pidió un reporte de 40 páginas de su visita. El resultado: el niño no encontró el museo, su mamá le dijo algo como: "dile a tu maestro que no esté chingando, ese pinche museo ni existe" eso le dio valor, se lo restregó en la cara:
—¡El museo del zapato, no existe!
—¿Ah, no?— Astorga se encabronó.—¿Me está usted llamando mentiroso? Primero ignora mi clase de biología por amarrarse un zapato, como si en eso se le fuera la vida, y ahora alega que los zapatos no son importantes ni para hacerles un museo...

El museo del zapato. Cada vez que paso por ahí, trato de aprenderme la calle, para evitarme un regaño así con otro Astorga perdido en otra dimensión, pero los nervios me la meten por atrás y no estoy seguro si está en Bolívar o Chabela la mocha, 5 de mayo o en la leyes de Reforma.

A mi compañerito lo corrieron de la escuela porque Astorga no lo dejó entrar ni una vez más a su clase, o al menos eso dijo y el pobre chuchito se lo tomó muy en serio. Deambular por los pasillos estaba prohibido y a la tercera vez que lo cacharon le dieron el máximo premio: La expulsión, nunca supe si lo envidiaba o sentía lástima por él. Era un guerrero, no como yo que lloré frente al grupo cuando Farfán, de matemáticas me dijo que era un maricón y mentiroso, y sacó de su portafolio un formulario enmicado al que unos días antes fingió "echarle tijera" (así dijo él) todos mis compañeros y yo vimos como lo recortó, quitándome el derecho a examen, mi papá indignado fue a mentarle su madre, pero el maricón se vengó. Había recortado otro enmicado, lo sacó y le dijo a mi papá que yo era un hijo de puta manipulador y mentiroso. A su debido tiempo cobré mi venganza, una muy de niño pero la más digna. No lo atropellé como fantaseé por años y años, estúpido cojo; pero saqué 10 en su examen final y se sintió humillado, según él, nadie había nunca sacado ni siquiera un 8. Ahora que lo pienso, sé que también estaba mintiendo, me estaba dando mi lugar porque había jugado limpio, sin padres de por medio. Pero, esta historia iba hacia otro lado...

Mis alumnos interrumpieron cuando Astorga corría a mi compañero.
—¿por qué no buscó el museo en google?
—¿y por qué no bajó su trabajo de internet?

Hice una pausa brevísima para decirles que nadie tenía internet cuando estaba en secundaria. Yo todavía hacía mis trabajos en una máquina de coser o de exprimir jugos. Pocos afortunados tenían computadoras... Ballinas, al que le vomité la sala en una de mis primeras migrañas por comer mucha lasagna; y Landaverde, del que no recuerdo nada más que su primo retrasado que metió al perico al microondas porque tenía frío.

Los niños no me dejaron continuar.
—Bueno, lo hubieran buscado en Wikipedia
—O hubieran mandado un mail
—¿No tenían internet en la escuela o en su casa?
—¿cuántos años tienes? ¿un millón?
—¿Eran pobres?
—¿ibas en una escuela de la SEP?

Mi clase, titulada "¿de qué le sirve el arte hoy a un niño loco como tú?" Se fue a la basura, 45 minutos sin parar de preguntas absurdas y sugerencias idiotas.

—Pero si no tenían computadoras, lo pudieron haber buscado en su celular.

Les expliqué que sí había celulares pero que no tenían internet, a algunos no les cupo en la cabeza. Me acordé de una historia de Casciari donde le cuenta a su hija la historia de Caperucita y la niña no entiende por qué no se habían mandado mensajes de texto la abuela y caperuza.

Todo mi pasado se fue a la mierda, para mis alumnos que tienen la edad de la conexión a internet que hay en mi casa, es inconcebible un mundo sin internet, no tener la información a la mano es de pobres o de idiotas, y eso quitando que cuando no le dijimos a Astorga que era un idiota y no lo golpeamos entre todos, éramos unos tontos y seguro era una escuela de gobierno, para mis alumnos de diez años mi pasado es incomprensible, por fortuna mi presente también "el twitter es de nacos profe" y nadie me ha googleado a pesar de que han leído @sirako en la pestaña de al lado al video de youtube donde les enseño animaciones, videos de Banksy, a pesar de que me preguntan siempre que se pone el protector de pantalla "¿qué significa sikaro?" o que han visto mi perfil de tuiter abierto un par de veces por allí cuando me he descuidado.

No entienden de un mundo sin información, pero por fortuna, nadie les ha enseñado a necesitarla.

Ganarles el futuro es pan comido.